La puta que me lamía el coño no podía parar de gemir
El sonido de su lengua lamiéndome la concha mojada era lo más perverso que había escuchado, y yo no podía evitar arquear la espalda cada vez que sus labios se cerraban sobre mi clítoris hinchado. Sabía que esto estaba mal, que no debía dejar que me chupara así, pero el calor que me recorría las venas cuando metía dos dedos dentro de mí me hacía olvidar todo. Sus gemidos eran como un mantra, un recordatorio constante de que estábamos cruzando una línea, y eso solo me ponía más caliente. La manera en que me penetraba con los dedos, curvándolos justo donde más lo necesitaba, me hacía apretar los muslos alrededor de su cabeza, como si quisiera ahogarla en mi humedad. El olor a sexo en el aire era intoxicante, y cuando finalmente me corrí, sintiendo cómo mi coño se contraía alrededor de sus dedos, ella siguió chupándome sin piedad, saboreando cada gota de mi orgasmo. No pude evitar gemir su nombre, suplicándole que no se detuviera, aunque en el fondo sabía que esto no debía pasar. Pero ahora que he probado esto, no sé cómo voy a poder esperar hasta la próxima vez que me pida que la deje hacerme lo mismo.