Silverwolf monta como una diosa sobre su polla dura
La habitación está en penumbra, con solo la luz tenue de la lámpara de noche iluminando los cuerpos sudorosos que se retuercen sobre la cama. Ella lleva días mirándolo con esos ojos hambrientos, rozando su pierna contra la de él bajo la mesa, mordiéndose el labio cuando sus manos se rozan por accidente. La tensión es insoportable, como un cable a punto de romperse, y ahora por fin están solos, con la ropa tirada por el suelo y sus bocas devorándose con urgencia. Ella se sube encima, sintiendo cómo su coño mojado se desliza sobre la polla gruesa que la espera, y gime cuando la siente entrar de una estocada, llenándola hasta que las caderas chocan. Él la agarra de las nalgas, clavando los dedos en su carne mientras ella empieza a moverse, subiendo y bajando con un ritmo que los hace gemir a los dos. Cada embestida la hace arquearse, sus tetas rebotando con cada golpe, y él no puede evitar morderle el cuello, saboreando el sudor salado de su piel. Ella acelera, sintiendo cómo el placer crece en su vientre, cómo cada movimiento la acerca más al borde, hasta que de repente se corre, apretando la polla dentro de ella con un grito ahogado. Él la sigue, corriéndose dentro con un gruñido ronco, y ella se queda quieta un momento, sintiendo cómo el calor se derrama en su interior, cómo su cuerpo aún tiembla de la liberación. Cierra los ojos, pensando en cómo esto no es suficiente, en que necesitará más, mucho más.