Loira malvada me desafía a follarla hasta que suplique
“¿Crees que puedes manejarme?”, me dijo la loira con esa sonrisa de puta que me vuelve loco. Yo le respondí que no solo lo haría, sino que la dejaría temblando. Se arrodilló frente a mí y me sacó la polla con sus manos, pasándolas por mi verga como si quisiera medirla. La agarré del pelo y la obligué a abrir esa boca de zorra mientras le metía la polla hasta el fondo, sintiendo cómo sus labios se ajustaban a mi grosor. Empezó a gemir como una perra en celo, pero yo no me detuve, la hice tragar mi verga una y otra vez, sintiendo cómo su saliva chorreaba por su barbilla. Cuando la tiré sobre la cama, le abrí las piernas y le metí los dedos en el coño, ya mojado y palpitante. “¿Así quieres que te trate?”, le pregunté mientras le clavaba los dedos más fuerte, escuchando sus gritos de placer. Luego le di la vuelta y le levanté el culo, separándole las nalgas para meterle la polla en el coño de una sola estocada. La embestí sin piedad, sintiendo cómo su cuerpo se sacudía con cada empujón, hasta que sus gemidos se convirtieron en un llanto de placer. Cuando la puse de rodillas otra vez, le metí la polla en la boca mientras le masturbaba el clítoris con los dedos, haciéndola temblar de excitación. La hice correrse tres veces antes de sacarla de mi boca y empotrarla contra la pared, follándola como una perra hasta que me corrí dentro de su coño. Mientras me miraba con los ojos vidriosos, supe que ya no era una loira malvada, sino una puta que había aprendido su lugar.