La yate donde follamos como animales salvajes
“No deberíamos hacer esto aquí”, susurró mientras mis dedos le arrancaban el bikini. Pero su coño ya estaba empapado, y yo no podía parar de empujar mi polla dura entre sus nalgas perfectas. El yate se mecía con cada embestida, y sus gemidos resonaban contra el casco mientras la penetraba hasta las pelotas. Sabía que esto estaba mal, que alguien podía pillarnos, pero el riesgo solo me ponía más duro. Agarré sus caderas con fuerza, marcando la piel mientras la empotraba contra la barandilla. Sus tetas rebotaban con cada golpe, y sus gritos ahogados me decían que le encantaba cada segundo. La hice chupar mi polla antes de correrme en su boca, llenándola hasta que el semen le escurrió por la barbilla. “¿Contenta, puta?”, le pregunté mientras se limpiaba los labios con el dorso de la mano.