Estudiante rebelde en uniforme atragantándose de vergas
Masturbándose con un lápiz entre los dientes, la universitaria retaba a los cuatro tipos con una sonrisa de zorra. La apuesta era clara: si lograba tragársela entera a cada uno sin vomitar, ellos le llenarían el coño a chorros. El primero la agarró por el pelo y le embistió la cara hasta que la saliva le chorreó por el mentón, mientras ella se ahogaba en polla pero no cedía. El segundo le abrió las piernas y le metió tres dedos en el coño mojado antes de empotrárselo a fondo, haciendo que gritara con cada embestida. El tercero se sentó en la mesa y le ordenó chupársela mientras él le estrujaba las tetas, disfrutando cómo se retorcía de placer. El cuarto, el más grande, le dio la vuelta y le clavó el culo a dos manos, entrando tan profundo que ella sintió el cuello del útero. La zorra gemía como perra en celo, desafiándolos a correrse más fuerte, pero cuando el primero le explotó en la boca y el segundo le reventó el coño, supo que había perdido la apuesta. Mientras la leche le goteaba de la barbilla, solo pensaba en cómo esos tipos le habían mostrado quién mandaba de verdad.