El profesor cachondo se vacía la leche guardada de dos semanas
Carlos lleva dos semanas con los huevos a punto de reventar y hoy por fin se decide a aliviarse. Se quita el cinturón de un tirón, la polla ya le late contra el pantalón del traje, gruesa y morada de tanta necesidad. Se agarra el miembro con rabia, imaginando al exnovio que lo dejó plantado, al imbécil que se rió de su deseo. Cada embestida de su mano es un castigo, un recordatorio de lo que se perdió. El semen le quema en las venas, los músculos del culo se tensan mientras se corre en chorros espesos sobre la mesa del escritorio, manchando los papeles con su venganza blanca. Las gotas resbalan por el borde, pesadas y lentas, como su respiración agitada. El traje le queda pegado a la piel sudada, la corbata deshecha en el suelo. El reloj de la pared marca las tres de la tarde, pero a él no le importa. Solo importa el calor que aún le quema entre las piernas, la satisfacción de haberlo hecho sin pedir permiso a nadie.