Mi culo se abre con dos consoladores bestiales
Desde que le pedí que me lo metiera hasta el fondo, no paró de gruñir mientras me agarraba las nalgas con esas manazas sucias. Primero solo fue el lubricante frío deslizándose entre mis cachetes, pero cuando noté la cabeza de ese consolador gigante rozando mi entrada, solté un gemido que casi se me ahoga en la almohada. Lo empujó sin piedad, estirando mi agujero como si no hubiera mañana, y yo solo podía jadear cada vez que esa verga de plástico me abría en canal. El segundo dildo entró antes de que me acostumbrara al primero, metiéndoseme hasta las pelotas mientras mis muslos temblaban de puro dolor mezclado con un placer que me quemaba por dentro. El cabrón no paraba de maldecir entre dientes, llamándome su puta favorita mientras me empotraba con esos dos tubos enormes que me dejaban el coño más húmedo que nunca. Sentía cómo cada embestida me desgarraba por dentro, pero en vez de gritar de miedo, solo quería más, más fuerte, más profundo, hasta que mis jugos resbalaban por mis piernas y mi culo se llenaba de ese líquido blanco que escupía uno de los consoladores. Los sonidos eran asquerosos: el chapoteo de la leche mezclada con mi sangre virgen, los suspiros ahogados, los golpes secos de carne contra carne cuando me levantaba el culo para que entrara hasta la garganta del segundo dildo. Cuando por fin me soltó, quedé hecha un trapo, con el culo abierto como un jarrón roto y los dos consoladores chorreando mis entrañas, pero lo peor fue cuando me miró con esa sonrisa de hijo de puta y me dijo que aún no había terminado. Entonces volví a sentir esa presión infernal mientras me empujaba el tercero, esta vez con las dos manos, y yo solo podía llorar de placer mientras mi cuerpo se rendía ante tanta bestialidad.