Estudiante salvaje se empotra con culo prieto y duro
La morrita no podía parar de mover ese culito redondo y apretado cada vez que él le agarraba las caderas y se la clavaba sin piedad. Desde que entró a su habitación universitaria toda mojada por la expectativa, él supo que iba a ser una noche de esas que dejan marca. Ella le suplicó que no fuera suave, que quería sentirlo hasta el fondo porque su coño ya estaba ardiendo de ganas. Él no necesitó más invitación: la tiró sobre la cama, le levantó la falda corta y le arrancó el tanga de un tirón mientras ella gemía con los dientes apretados. La polla dura le rozó el clítoris antes de hundirse en ese culo prieto que se movía al ritmo de sus embestidas brutales. Cada vez que él la empotraba hasta el fondo, ella chillaba y le clavaba las uñas en los muslos, pidiendo más sin vergüenza. El sonido de la carne chocando contra la carne llenaba el cuarto mientras ella se corría una y otra vez, empapando las sábanas con sus jugos. Él no se detuvo ni un segundo, agarrándola del pelo para que sintiera cada centímetro de su verga gruesa penetrándola sin compasión. Cuando por fin la volteó boca arriba y se la clavó de frente, ella se corrió tan fuerte que casi se desmaya, con los ojos en blanco y la boca abierta gritando obscenidades que solo hacían que él la follara con más rabia. La corrida final fue épica: él se enterró hasta las bolas y se vació dentro de ella mientras ella le mordía el hombro para no gritar como una loca. Quedaron los dos sudorosos, exhaustos y con las piernas temblorosas, sabiendo que esa noche había sido de las que no se olvidan.