Hermanastra caliente empotrada por el casero a escondidas
Él llevaba meses robándole miradas a su hermanastra cuando se agachaba para secarse el pelo después de la ducha, esos shorts ajustados que le marcaban el culo prieto y redondo. Una tarde, mientras la madre dormía la mona después de la comida, él la acorraló en el pasillo con la excusa de buscar el cargador del celular, pero en realidad solo quería ver cómo se le humedecían las bragas al rozarle el brazo contra el vientre. Ella jadeó cuando sintió su verga dura contra el muslo, pero en vez de apartarse, se dejó llevar por el morbo de estar haciendo algo prohibido con su propio hermano político. La empujó contra la pared del baño, le arrancó el tanga de encaje negro que ya estaba empapado y le escupió en el coño antes de enterrarle la polla hasta el fondo con un empujón brutal que la hizo gritar. Ella se aferró a la toalla colgada del gancho mientras él la empotraba una y otra vez, sacudiéndole las tetas pequeñas con cada embestida, y el sonido húmedo de sus cuerpos al chocar resonaba en el silencio de la casa. Él le tapó la boca con la mano para que no despertara a la vieja, pero ella se corrió igual, mordiéndole los dedos con los dientes mientras el semen le llenaba las entrañas. Después, cuando la dejó temblando contra los azulejos blancos, ella solo atinó a susurrarle al oído que no se lo contara a nadie, pero los dos sabían que esa follada a escondidas sería el primer capítulo de una larga lista de secretos sucios entre ellos.