Sebastián arde con puño y consolador en su culo
La polla de Rocky ya goteaba precaliente mientras Sebastián se retorcía en el suelo, con las botas negras bien plantadas y el culo en pompa esperando el castigo. Rocky no perdió tiempo, se agachó y le escupió en el ano antes de empezar a meterle los dedos bien empapados en lubricante, gruñendo al sentir cómo el caliente agujero se abría paso sin resistencia. Sebastián gemía como una perra en celo, con la lengua fuera y los ojos vidriosos, mientras la mano gigante de Rocky le masajeaba los huevos antes de empujarle tres dedos de golpe hasta el fondo, haciendo que el pobre chico chillara como si lo estuvieran desollando vivo. Pero eso no era nada comparado con lo que venía: Rocky sacó un consolador vibrante del tamaño de su antebrazo, lo untó con más gel y sin avisar se lo clavó de una estocada hasta que el plástico desapareció dentro del culo tembloroso de Sebastián, que no paraba de lloriquear mientras la vibración le recorría el cuerpo como un cortocircuito. Para rematar, Rocky se tiró encima de él en posición de misionero, le agarró la polla como si fuera un trapo sucio y se la metió hasta la garganta de una sola embestida, ahogándose con los gruesos centímetros mientras le agarraba los pelos para empotrarle el rabo hasta las amígdalas. Sebastián ya no podía ni respirar, con los nudillos blancos de agarre al colchón y el culo partido en dos entre el puño monstruoso, el consolador asesino y la verga que le reventaba la boca, pero seguía gimiendo como una puta en oferta, con los jugos corriéndole por las piernas y el sudor pegándole la camiseta al pecho. Cuando Rocky por fin se corrió, el primer chorro le llegó directo a la campanilla y Sebastián tragó con desesperación, ahogándose en leche caliente mientras el segundo chorro le bañaba la cara y el tercero le resbalaba por el cuello hasta empapar la almohada. El pobre Sebastián quedó tirado boca abajo, con el culo hecho puré, la boca llena de semen y los ojos en blanco, mientras Rocky se limpiaba los restos en sus botas y se reía como si acabara de ganar la lotería del dolor placentero.