Joven empollón se la clava al hetero en el estudio
El chico traía la mirada perdida entre los apuntes cuando aquel moreno de hombros anchos entró al cuarto con una sonrisa que le quitó el aliento... Su polla ya se le ponía dura solo de imaginarlo empalmado bajo los vaqueros ajustados, sudando tinta y tinta sobre los libros mientras sus dedos jugaban con el borde del bolígrafo. El nerd no pudo resistirse más: lo agarró del cuello de la camiseta y lo empujó contra la pared, sintiendo cómo el calor de sus cuerpos se mezclaba con el olor a papel viejo y a colonia barata. Entre jadeos y besos bruscos, le arrancó los pantalones y se le quedó mirando el tronco grueso y palpitante que le apuntaba directo a la cara, con las venas marcadas como cables bajo la piel. Sin pensarlo dos veces, se agachó y se lo metió entero en la boca, ahogándose con la cabeza gorda golpeándole el fondo de la garganta mientras escuchaba sus gemidos roncos y el sonido húmedo de su propia saliva resbalando por el tronco. Pero no duró mucho: el hetero lo levantó de golpe, lo giró como un trapo y lo dobló sobre la mesa del estudio, con los libros rodando por el suelo y los cuadernos aplastados bajo sus cuerpos sudorosos. La primera embestida fue brutal: su verga gruesa abrió el culo del empollón como si fuera mantequilla, arrancándole un grito agudo que resonó en las paredes mientras sus uñas se clavaban en la madera del escritorio. Cada golpe era más profundo, más sucio, más animal, hasta que el nerd solo podía balbucear obscenidades entre sollozos, con el coño bien abierto y goteando por las embestidas que le dejaban el culo rojo y palpitante. El hetero le agarró el pelo y lo obligó a mirar mientras le metía la polla hasta las pelotas, gruñendo como un animal mientras sus pelotas golpeaban contra la entrepierna del chico, ya lista para recibir su leche caliente. Cuando sintió el primer chorro espeso golpearle las entrañas, el nerd se corrió sin tocarse, con su leche derramándose por las piernas mientras el otro le llenaba el culo hasta que el líquido blanco le resbalaba por los muslos temblorosos. Al final, quedaron jadeando sobre el desastre de libros y papeles, con las respiraciones entrecortadas y las pollas aún goteando, sabiendo que aquélla no sería la última vez que se enredaran entre números y sudor.