Chico bien follado por una docena de vergas gruesas
El novato llegó a la fiesta con esos labios carnosos y ese culito prieto que le pedían a gritos que lo reventaran, y en cuanto lo vieron entre los tipos musculosos del lugar no dudaron ni un segundo en marcarlo como su trofeo de la noche. Lo agarraron entre varios, le arrancaron la camiseta ajustada que apenas le tapaba los pezones duros y le escupieron saliva sobre la polla tiesa que ya le chorreaba un líquido transparente por la punta, mientras le susurraban al oído lo bueno que le iba a quedar ese culo lleno de verga. Uno tras otro se le pusieron delante, le agarraron la cabeza con fuerza y se la empotraron hasta la garganta, ahogándolo con sus gemidos mientras le llenaban la boca de leche espesa hasta que le caía por las comisuras de los labios y le manchaba el pecho. Otro le bajó el pantalón de lycra negro y le enterró la cara entre sus nalgas, lamiéndole el agujero prieto con la lengua ancha hasta que lo sintió relajarse y abrirse como un botón maduro. Entonces llegó el primer macho, con una verga monstruosa que le partió el culo en dos al clavársela hasta el fondo, haciéndolo gritar con cada embestida que le sacudía las entrañas y le dejaba el sabor a sangre mezclado con el sudor salado de los cuerpos sudorosos que lo rodeaban. Otro le agarró las piernas y se la metió por el otro lado mientras le lamían los huevos apretados, y así, entre gritos y babas, el pobre chico no tuvo más remedio que aguantar ese maratón de pollas que no paraban de correrse dentro de él, rociándole las tripas con chorros espesos que le escurrían por las piernas y le dejaban la piel pegajosa de semen. Cuando por fin lo soltaron, lo dejaron tirado en el suelo, con la boca llena de babas y el culo goteando leche, mientras los tipos se reían y se daban palmadas en la espalda como si hubieran logrado algo épico.