Oso negro con polla enorme folla sin piedad
Desde que lo vio en la piscina con ese short ajustado que dejaba poco a la imaginación, no pudo sacarse de la cabeza el bulto enorme que se le marcaba entre las piernas. El muy cabrón lo sabía y cada vez que pasaba a su lado, rozaba su trasero contra él o se inclinaba justo para que pudiera ver cómo su verga tiesa le golpeaba el muslo bajo el agua. Esta noche, después de unas cuantas cervezas y con la casa vacía, el negro no resistió más: agarró a su amigo del cuello, lo empujó contra la pared del pasillo y le arrancó la camisa de un tirón mientras le susurraba al oído que llevaba semanas esperando este momento. El blanco, con los ojos vidriosos y la boca entreabierta, no opuso resistencia cuando sintió cómo le bajaban los pantalones y su verga palpitante quedó al descubierto, roja y gruesa, lista para ser devorada. El negro se arrodilló de inmediato, le lamió las bolas pesadas y bien llenas antes de abarcar toda la polla con su boca grande y húmeda, chupando con furia mientras el otro gemía fuerte y se agarraba a sus hombros. De pronto lo levantó en vilo, le dio la vuelta y lo empotró contra la puerta con fuerza, clavando sus caderas contra ese culo prieto y redondo que temblaba de anticipación. Cada embestida era brutal, con el sonido húmedo de carne golpeando carne y los gritos ahogados del blanco que no podía creer lo bien que lo estaba sintiendo, como si toda su vida hubiera estado esperando este culo apretado que lo ahogaba con cada empujón. El negro gruñía como animal, le mordisqueaba el hombro mientras sus manos le apretaban las nalgas para hundirse más profundo, y cuando sintió que el blanco empezaba a temblar y a soltar chorros calientes de semen por toda su barriga, no aguantó más: sacó la polla de un tirón, se la frotó rápido con la mano y se corrió sobre su espalda, dejando hilos blancos y espesos que resbalaban por su piel sudorosa mientras ambos jadeaban sin aliento.