Rubio con polla dura se desnudó en el bosque
El frío del invierno no le detuvo ni un segundo cuando se quitó la camiseta para lucir su torso pálido bajo la luz tenue del bosque. Sus pezones se endurecieron al instante, marcando cada curva de sus músculos mientras se quitaba los pantalones con manos temblorosas de excitación. La polla rosada y gruesa le colgaba entre las piernas, balanceándose al ritmo de sus pasos sobre la tierra fría y húmeda. Se agachó para quitarse los calcetines y los zapatos, dejando al descubierto sus pies descalzos con los dedos pálidos y las uñas limpias. El aire helado le erizó la piel, pero su verga no se achicó ni un milímetro, más bien se le puso más tiesa al pensar en que alguien podía estar espiándolo desde entre los árboles. Se masturbó rápido, apretando la base de su tronco con los dedos mientras sus gemidos resonaban entre los troncos cubiertos de nieve. La verga le brillaba con gotas de líquido preseminal y sudor, lista para ser chupada o empalada en el primer agujero que encontrara. De pronto, escuchó crujir una rama cercana y se quedó quieto, con el corazón latiendo fuerte y la polla apuntando hacia el sonido como un misil. No había nadie, solo el viento jugando con las hojas secas, pero la adrenalina lo tenía más duro que nunca. Se acercó a un árbol grueso y apoyó las manos en la corteza, arqueando la espalda para ofrecer su culo blanco y prieto mientras se agarraba el rabo con la otra mano. La idea de que algún curioso lo estuviera mirando desde lejos lo volvía loco, así que empezó a empujar su verga contra el tronco, imaginando que era un coño mojado y caliente el que lo apretaba. Los gemidos se le escapaban entrecortados mientras sus embestidas se volvían más salvajes, con la punta de su polla rozando la corteza áspera cada vez que se clavaba con fuerza. Sabía que en cualquier momento alguien aparecería para follárselo como un animal o chupárselo hasta dejarle la garganta llena, y eso lo ponía más caliente que el sol. La leche le subió por el tronco hasta la cabeza de su verga, que palpitaba con cada contracción del orgasmo inminente. Se corrió con un gruñido gutural, disparando chorros espesos de semen blanco que se le pegaron a las piernas y al tronco del árbol, dejando una marca caliente en la nieve que poco a poco se derritió.