Policía cachondo le hace un cacheo al chico flaquito
El pendejo ese no paraba de mover el culo al pasar frente al mostrador, tentando a más de uno con su trasero prieto y su mirada de angelito sucio. El dueño de la tienda, un tipo macizo con los brazos llenos de tatuajes, lo agarró por el brazo y le ordenó que se quitara la camiseta mientras le clavaba la mirada en el bulto que le marcaba el pantalón ajustado. El flaquito se puso rojo como un tomate, pero no opuso resistencia cuando el macho lo empujó contra la pared y le bajó los jeans de un tirón, dejando al descubierto un culito redondo y bien apretado que no dejaba de temblar. El dueño, con la polla ya dura como una piedra bajo el delantal, le escupió en los dedos y se los metió entre las nalgas para que el chico sintiera lo que venía. El flaquito gimió fuerte cuando la verga gruesa le abrió el culo de un empellón, clavándosela hasta el fondo sin piedad mientras le agarraba los huevos con saña. Las embestidas eran brutales, cada golpe del abdomen contra su culo sonaba como un latigazo, y el chico no podía hacer más que jadear y dejar que le llenaran las entrañas con leche caliente una y otra vez. Entre gemidos y sudor, el dueño le escupió en la boca y le obligó a chupar su polla morada hasta que el flaquito se tragó hasta la última gota, con los labios llenos de babas y semen. El cacheo terminó con el chico tirado en el suelo, con el culo lleno de semen y los pantalones destrozados, mientras el policía —que no había perdido detalle— se frotaba la entrepierna y le decía con voz ronca que la próxima vez no sería tan fácil salir del lío.