Dos chicas lesbianas se follan en la cocina calentitas
La morena de pelo corto metió los dedos bajo el elástico de las bragas de su amiga mientras le mordisqueaba el lóbulo de la oreja, susurrándole al oído que llevaba semanas imaginando cómo se le vería el coño empapado bajo ese vestido ajustado. La rubia, con las mejillas rojas de vergüenza y excitación, no pudo resistirse cuando la morena le arrancó las bragas de un tirón y le metió dos dedos bien profundos, haciendo que sus gemidos se mezclaran con el sonido del agua corriendo en el lavabo del baño. En la cocina, sobre la mesa de mármol fría, la morena se arrodilló para chuparle los pezones duros a la rubia mientras le sobaba el culo redondo, apretando hasta dejar marcas rojas en su piel suave. La rubia, con las piernas temblando, le agarró la cabeza y la empujó contra su entrepierna, jadeando que quería que le comiera el coño hasta hacerla gritar, mientras la morena le lamía con avidez, sintiendo cómo se le humedecía la lengua con cada lametón que le daba al clítoris hinchado. Cuando la rubia ya no pudo aguantar más, la morena la levantó en peso, la sentó en la encimera y le abrió las piernas de par en par, metiéndole la lengua caliente mientras le metía un dedo en el culo, haciendo que la rubia se retorciera y le suplicara que no parara, que la hiciera correrse así, con sus labios alrededor de ese botón sensible. La morena, con los labios brillantes de saliva, se subió encima de ella y se frotó el coño mojado contra el de su amiga, moviendo las caderas en círculos lentos y profundos, haciendo que ambas sintieran cómo el calor les subía por el cuerpo. Cuando ya no aguantaron más, la rubia se dejó caer sobre la mesa del comedor, con las piernas abiertas, y la morena se puso a cuatro patas detrás de ella, empalándola con su lengua gruesa y húmeda mientras le agarraba los pechos firmes y redondos, apretándolos hasta que los pezones le dolieron. La rubia, con los ojos vidriosos de placer, le ordenó que la follara con los dedos mientras le mordía el hombro, sintiendo cómo cada embestida le llegaba hasta el fondo del vientre, hasta que el orgasmo la sacudió de pies a cabeza, haciendo que un chorro de crema le saliera disparado de entre las piernas mientras gritaba el nombre de su amiga entre jadeos. La morena, sin perder tiempo, se sentó en una silla y la obligó a cabalgarla con fuerza, moviendo las caderas arriba y abajo mientras le chupaba los pezones duros, sintiendo cómo el sudor les resbalaba por la espalda mientras el aire olía a sexo y a piel caliente.