Madrastra prueba todas las novias de su hijastro
Desde que su hijastro llegó con esa rubia de tetas operadas que no paraba de restregarse contra él en el sofá, la madrastra no pudo sacarse la imagen de la cabeza. Esa noche, mientras el muy cabrón se pavoneaba con su nueva conquista en la sala, ella decidió que era hora de tomar cartas en el asunto. Con el vestido negro ajustado que le marcaba cada curva, se plantó frente a ellos como una diosa del infierno, mirando fijamente a la rubia con una sonrisa de superioridad. El hijastro, al verla aparecer con esos tacones que le hacían el culo más redondo y esa mirada que prometía fuego, se le secó la boca al instante. La rubia, sin saber que su fiesta acababa de empezar, se rio al ver a la madrastra acercarse, pero su risa se ahogó cuando esta le agarró el pelo con fuerza y le susurró al oído lo que quería hacerle. Sin darle tiempo a reaccionar, la madrastra le arrancó el top sin miramientos, dejando al descubierto unos pechos firmes que el hijastro no pudo evitar babear al verlos botar. La rubia, ahora con los pezones duros y la boca entreabierta por el susto, no opuso resistencia cuando la madrastra la empujó contra el sofá y le bajó los pantalones hasta los tobillos, dejando su coño depilado y mojado brillando bajo la luz tenue. El hijastro, con la polla dura como una piedra dentro del pantalón, no pudo resistirse y se acercó por detrás, apretando su cuerpo contra el de la rubia mientras le agarraba las tetas con ambas manos. La madrastra, sin perder tiempo, se agachó y empezó a chuparle el clítoris a la rubia con movimientos circulares de la lengua, haciendo que esta gimiera y se retorciera de placer mientras el hijastro le empalaba el coño desde atrás con embestidas profundas que hacían crujir el mueble. Las paredes temblaban con los gemidos de las tres, mezclados con el sonido húmedo de la polla entrando y saliendo del coño bien mojado de la rubia, que ya no podía pensar en nada más que en correrse. La madrastra, con los labios brillantes de sus jugos, se levantó y le ordenó al hijastro que se corriera dentro de ella primero, pero él, con la sangre hirviendo, prefirió llenar a la rubia hasta el fondo mientras le azotaba el culo con cada envestida. La escena terminó con las tres jadeando en el suelo, la rubia con las piernas temblorosas y el hijastro con la polla goteando leche entre las piernas de su madrastra, que se limpió los labios con una sonrisa de satisfacción antes de susurrarle que esto solo era el principio.