Incubus enorme empotra a su zorra en público
La morena de tetas grandes no podía apartar los ojos de esa polla monstruosa que se le clavaba en la entrepierna cada vez que el tipo pasaba cerca de su puesto en el mercadillo. Con un gemido ahogado, se dejó caer sobre el banco público donde él la empujó contra la mesa de madera, arrancándole el tanga de un tirón mientras sus enormes pechos rebotaban libres bajo la blusa ajustada. Él la empotró contra el tablón sin piedad, su verga enorme abriéndole el coño de par en par mientras le mordisqueaba el cuello con dientes que dejaban marcas rojas. Ella gritó de placer, sus uñas arañando la madera al sentir cómo le bombeaba dentro hasta el fondo, cada embestida haciendo que su culo se sacudiera como gelatina bajo los golpes rítmicos de esa bestia de carne. La saliva le resbalaba por la barbilla al chupar su propio sudor mientras él le gritaba obscenidades al oído, llamándola puta sucia que solo vivía para ser follada en público como la zorra que era. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando resonaba entre los puestos vacíos, mezclado con los gemidos ahogados de ella que ya no podía controlar, su coño empapado chorreando por los bordes de esa verga que la abría como un animal. Cuando sintió que el líquido caliente le inundaba las entrañas, ella se corrió con un espasmo brutal, sus muslos temblando mientras su leche le resbalaba por las piernas hasta gotear sobre el suelo del mercadillo. Él no se detuvo ni un segundo, siguió empotrándola con furia hasta dejarla completamente llena, su leche saliendo a borbotones por entre sus labios vaginales hinchados, manchando la mesa y los muslos de ella de un blanco espeso que brillaba bajo el sol de la tarde. La morena quedó jadeando, con el pelo enmarañado y la mirada perdida, mientras él se retiraba lentamente dejando un reguero de semen que le goteaba por los muslos hasta el suelo, donde se mezclaba con el sudor y el aroma a sexo que flotaba en el aire caliente del atardecer.