Rubia chupa polla negra como una perra sumisa
Desde que entró en el cuarto con ese body ajustado que le marcaba hasta el último centímetro de sus tetas naturales, él supo que iba a ser una noche de esas que no se olvidan. La rubia se arrodilló sin que nadie se lo pidiera, con los labios ya brillantes y el coño goteando solo de verla así, con esa polla negra enorme que le colgaba pesada entre las piernas. Sin perder ni un segundo, se la tragó toda de una sola pasada, ahogándose un poco pero sin dejar de mirarlo con esos ojos azules llenos de lujuria mientras sus tetas naturales rebotaban al ritmo de sus primeros movimientos. Él no pudo resistirse y le agarró la cabeza con fuerza para empotrarle la polla hasta la garganta, sintiendo cómo se le escapaban los gemidos ahogados entre sus muslos apretados. Cuando por fin la soltó, ella se lamió los labios bien mojados y le suplicó con voz ronca que la follara de una vez, que le diera bien duro ese culo que llevaba horas imaginando. La tiró sobre la cama boca abajo, le arrancó el body de un tirón y le clavó la polla hasta las entrañas, sintiendo cómo su coño se abría como una flor mojada para recibir cada embestida salvaje. Ella gritaba como una puta en celo, con las tetas colgando libres y los pezones duros como piedras mientras él la azotaba en el culo con cada envite, dejando marcas rojas que sabía que le durarían días. Entre gemidos y órdenes sucias, la puso a cuatro patas y le metió la polla hasta el fondo una y otra vez, sintiendo cómo su coño se contraía cada vez que rozaba su punto más sensible, hasta que finalmente explotó dentro de ella con un gruñido profundo, llenándola de leche caliente mientras ella se corría gritando su nombre como si no hubiera un mañana. La cama quedó hecha un desastre, las sábanas empapadas de sudor y sus cuerpos pegajosos de fluidos, pero ninguno quería moverse todavía, saboreando el último escalofrío de ese polvo salvaje que los dejó a los dos sin aliento y con el corazón a mil por hora.