Gordita casada engaña al cornudo y se va de putería
La pelirroja llevaba semanas con el coño ardiendo cada vez que sus compañeros de oficina le echaban un vistazo de reojo a su culo prieto y tatuado. Esa mañana, con el marido ya fuera por horas extras inventadas, se puso un vestido ajustado que le marcaba cada rollito del cuerpo voluptuoso y fue directa a un motelucho de mala muerte donde la esperaban tres pollas duras. Al abrir la puerta del cuarto, los tipos la recibieron con risas y empujones, pero ella solo sonrió mientras se quitaba la tanga empapada y les mostró el chichi brillante de tanto jugo. Uno de ellos, moreno y con un tatuaje de serpiente en el brazo, la agarró del pelo y le metió la verga hasta la garganta sin avisar, mientras los otros dos le sobaban las tetas gordas y le pellizcaban los pezones duros como piedras. La gordita gemía con la boca llena, el coño goteando sobre el colchón barato, y no tardó en empalarse ella misma en la polla más gruesa, cabalgándola como una loca con los muslos temblorosos y los jadeos ahogados entre gritos de 'más fuerte, cabrones'. Los tipos la empotraban por turnos, dándole de lleno en el culo prieto y en las tetas que rebotaban sin control, hasta que el negro le clavó la verga hasta el fondo y le gritó que se corriera en su polla, cosa que hizo al instante, mojando su barriga redonda y dejando charcos en las sábanas. La dejaron exhausta sobre la cama, con los labios hinchados y el coño rojo de tanto follar, pero antes de irse le dejaron claro que la próxima vez serían más de tres los que la probaran.