Tres lindas zorras se lo montan al macho sin piedad
Los gemidos de la rubia no dejaban duda de lo que estaba pasando en el cuarto oscuro mientras él la agarraba de la cintura con esas manos grandes que le apretaban el culo prieto sin compasión. La morena no perdió tiempo y se agachó en el suelo con los tacones puestos, le desabrochó el cinturón de un tirón y se metió su verga dura hasta el fondo de la garganta sin titubear, los labios pintados de rojo chupando con desesperación mientras escuchaba los gruñidos del tipo. La mulata, que llevaba un short corto que apenas le cubría el coño empapado, se subió a horcajadas sobre su cara y le restregó el chocho mojado por toda la boca sin pudor, sintiendo cómo la lengua gruesa de él le lamía el clítoris con movimientos circulares que la hacían arquear la espalda y soltar gemidos guturales. Entre risitas y empujones, las tres se turnaron para cabalgarlo: la rubia se sentó de espaldas sobre su polla y dejó que él la empotrara con fuerza desde abajo, sintiendo cómo se le llenaba el coño de leche caliente al correrse con un chillido agudo. La morena, mientras tanto, se agachó para lamerle los huevos antes de que la mulata le agarrara la nuca y le obligara a chuparle el clítoris hasta que se le mojara toda la cara de jugos. Él, con la verga chorreando semen y las bolas vacías, no pudo resistirse cuando lo empujaron contra la pared para que se la metieran por el culo sin piedad, apretando los dientes mientras la rubia y la morena se la clavaban alternadamente hasta dejarlo sin aliento. Las tres se reían como putas descontroladas, manchando sábanas, paredes y hasta el espejo del baño con sus fluidos pegajosos mientras le susurraban al oído lo buena que era su polla y lo mucho que les encantaba sentirla dentro. Cuando por fin el pobre tipo se dejó caer en la cama, exhausto y con el culo adolorido, las tres se abrazaron sobre él, sudorosas y satisfechas, con los cuerpos brillantes de sudor y los coños todavía palpitando de tanto placer. Las risas cómplices y los suspiros entrecortados llenaron el aire mientras se pasaban la botella de licor que habían robado de la fiesta de al lado, celebrando su victoria sin importarles un carajo si alguien las escuchaba.