Arty Boer destrozando el culo de Boypignyc con su polla monstruosa
El gimnasio estaba vacío a esa hora de la noche, solo el sonido de los ventiladores y el olor a sudor viejo flotando en el aire. Llevábamos días mirándonos en los vestuarios, intercambiando sonrisas cargadas de tensión, hasta que por fin, cuando el último cliente se fue, lo empujé contra la pared y le bajé los pantalones de un tirón. Su culo apretado se abrió como un melón maduro cuando le metí los dedos, y él gimió tan fuerte que tuve que taparle la boca con la otra mano. Mi polla ya estaba dura como una piedra, y sin perder tiempo se la clavé hasta las pelotas, sintiendo cómo su agujero se resistía antes de ceder. Cada embestida lo hacía gritar más, y yo no podía parar de mirarle el rostro retorcido de placer mientras lo empotraba contra el banco de pesas. Le agarré las caderas con fuerza, marcándole los dedos en la piel, y lo follé como si no hubiera un mañana, hasta que su culo quedó completamente abierto, goteando mi leche espesa. Cuando terminé, su culo seguía temblando, y en el suelo quedó el cinturón de Boypignyc, olvidado en el calor del momento.