Vecinita cachonda se deja empotrar sin piedad
La vecinita llevaba días restregándose contra la pared del pasillo cada vez que él salía del ascensor con la camiseta pegada a su cuerpo sudoroso, dejando ver los pezones duros como piedritas bajo el algodón fino. Esa tarde de febrero, al abrir la puerta con el culo apenas cubierto por una tanga negra que se le hundía entre las nalgas como si fuera un molde, él no pudo resistirse más y la empujó contra la pared del recibidor mientras le arrancaba el sujetador para morderle los pezones hasta que ella soltó un jadeo que le erizó la piel. La polla le palpitaba dura contra el muslo mientras le bajaba el tanga de un tirón, dejando al descubierto un coño ya empapado que olía a sexo y a prisa, con los labios hinchados y brillantes como si llevara horas frotándose contra algo. Sin previo aviso, la levantó en volandas y la empotró contra la puerta, clavándole la verga hasta el fondo mientras ella gritaba con la boca abierta y las uñas clavadas en sus hombros, pidiendo más a gritos entre gemidos ahogados que le salpicaban la oreja. Las embestidas eran brutales, cada una más profunda que la anterior, haciendo que el culo de ella rebotara contra su cadera con un sonido húmedo y obsceno que se mezclaba con el crujido de los muebles contra la pared. Él le agarró el pelo con fuerza, tirando de él hacia atrás para que arqueara la espalda y así poder clavársela más adentro, sintiendo cómo el coño se le ceñía alrededor como un tornillo mientras ella se corría sin pudor, empapándole la polla con sus jugos calientes y espesos. El ritmo se volvió frenético, los cuerpos chocando con fuerza, las pieles sudadas resbalando entre sí mientras los gemidos se convertían en gritos roncos y entrecortados, hasta que él no pudo aguantar más y le soltó la carga en lo más profundo, llenándola de leche espesa mientras ella se apretaba contra él, temblando de placer con las piernas temblorosas y el coño aún palpitando alrededor de su miembro flácido. Cuando por fin la dejó caer al suelo, la vio deslizarse contra la pared con las piernas abiertas, el coño chorreando mezcla de leche y sus propios jugos, los labios rojos e hinchados y los ojos vidriosos de tanto placer que aún le costaba respirar.