Mi marido nunca se enterará de esto
La rubia de la oficina llevaba meses coqueteando conmigo con miraditas mientras me mordía el labio inferior, pero hoy fue distinto... Me encerró en el baño con un susurro al oído que me erizó la piel: 'Necesito que me folles como nunca'. Sin pensarlo dos veces, le bajé los pantalones y le saqué el rabo grueso que llevaba duro como una piedra, listo para clavármelo hasta el fondo. Me arrodillé en el suelo helado del baño y me tragué su verga hasta que noté los huevos apretados contra mi barbilla, mientras él gemía agarrándome del pelo y empujando mi cabeza contra su cadera. 'Joder, qué buena sucia eres', gruñó mientras me levantaba el vestido y me arrancaba las bragas de un tirón, dejándome el coño palpitando y chorreando de ganas. Con un empujón me empotró contra la pared, clavándome su polla hasta el fondo y haciendo que mis tetas rebotaran con cada embestida brutal, mientras yo chillaba de placer con la boca abierta y los ojos en blanco. '¡Más fuerte, cabrón, que me vas a partir!', le supliqué mientras me llenaba la boca con sus dedos para que no gritara demasiado, pero no servía de nada porque mis gemidos se mezclaban con el sonido húmedo de su verga entrando y saliendo de mí sin piedad. Sentí cómo su leche caliente me inundaba el útero mientras me mordía el hombro para no delatarme, y al salir dejé un charco de mis jugos resbalando por mis muslos temblorosos. Prometí que sería la última vez, pero cuando me dio su tarjeta de visita con un 'llámame cuando tu marido no esté', supe que volvería a caer en la tentación igual de mojada que hoy.