La hijastra pide que le den duro por el coño
La jovencita no podía aguantarse más, llevaba días con la entrepierna ardiendo cada vez que veía a su padrastro trabajar sin camiseta en el jardín. Con los pezones duros como piedritas y el coño chorreando sin parar, se acercó sigilosamente a la puerta del baño donde él se duchaba, se quitó el tanga de encaje negro y se masturbó con los dedos mojados hasta que la puerta cedió con un chirrido. Él la agarró del pelo y le escupió en la boca antes de empujarla contra la pared, sintiendo cómo su polla negra se frotaba contra los muslos temblorosos de la chica. La primera embestida le arrancó un gemido gutural, el segundo la dejó sin aire, y el tercero le hizo morder el hombro del padrastro para no gritar mientras su coño se abría como una flor sedienta. Él le arrancó el sujetador de un tirón y se clavó en sus tetas pequeñas mientras le lamía los pezones con saliva espesa, ordenándole que se corriera antes de que él mismo explotara. La hijastra, con las piernas flaquitas temblando, le suplicó que le llenara el coño hasta que se le saliera el semen por las piernas, y él, con un gruñido animal, la levantó en vilo y la empaló contra la mampara del baño mientras su polla le llegaba hasta el fondo del útero. Los sonidos húmedos de los choques de carne resonaban en el baño, mezclados con los gritos ahogados de ella y los gruñidos graves de él, hasta que los dos se corrieron al mismo tiempo: él rociándole las paredes del coño con chorros espesos y ella dejando caer un hilo de leche entre sus muslos mientras se mordía los labios para no despertar a la mamá en la habitación de al lado. La escena terminó con la polla aún goteando semen sobre el vientre de la chica, que se limpió con la sábana mientras le susurraba al oído que repetirían el numerito cuando mamá se fuera de viaje.