Empleada religiosa llegó sin ropa interior
La muchacha entró por la puerta con esa sonrisa tímida pero con los pezones ya duros bajo el uniforme apretado, y él supo al instante que no llevaba nada debajo del vestido blanco. La falda le quedaba tan corta que con cada paso se le marcaban los labios del coño sin bragas, húmedos y brillantes por la excitación que llevaba días guardando. Él no pudo resistirse y le pasó la mano por el culo mientras le susurraba al oído que su dios no se enteraría si hacían un pecado juntos. Ella no dijo nada, solo se mordió el labio inferior y dejó caer un gemido ronco cuando él le apretó el pecho contra la pared del pasillo y le levantó la falda de golpe. Con los muslos temblando, la chica se dejó manosear sin protestar mientras él le bajaba la cremallera del vestido y le lamía el cuello hasta que el olor a sexo inundó el aire. La polla le palpitaba contra el culo cuando la empujó contra el escritorio, le bajó los pantalones y la penetró de una sola embestida profunda que la hizo gritar con voz de puta necesitada. Cada golpe de cadera le arrancaba un chillido agudo, y el sonido de sus carnes chocando se mezclaba con los gemidos ahogados que salían de su boca entrecortada. Él la empotró contra los papeles del trabajo, le arrancó el sujetador y le chupó los pezones duros mientras ella se corría gritando que no podía más, que la iba a partir en dos. La corrida le quemó las entrañas cuando ella se dejó caer sobre sus rodillas, le abrió la bragueta con desesperación y se tragó su polla hasta el fondo, ahogándose con los chorros de leche que le brotaban a borbotones. Al final, exhausta y con las piernas temblorosas, la chica se limpió los labios con el dorso de la mano y le dijo que si su jefe se enteraba la iba a despachar, pero que no le importaba porque valía la pena cada segundo de pecado sucio.