El hijastro me empotra el culo sin parar cuando la mamá no está
Desde el primer día que se mudó a vivir con ellos el hijastro se la pasó mirándome el culo con esa cara de perro en celo cada vez que pasaba por la cocina con el short corto. Ayer la mamá se fue temprano a trabajar y él me agarró del brazo cuando estábamos solos en la sala, me empujó contra el sofá y me bajó el pantalón sin avisar mientras me susurraba al oído que llevaba semanas imaginando cómo me iba a empalar con esa verga gruesa que le colgaba pesada entre las piernas. Me dio la vuelta de un tirón y me puso de rodillas en el borde del mueble, agarrándome de las caderas con sus dedos marcando moretones mientras su glande rojo y brillante rozaba mi entrada temblorosa. En cuanto sentí la primera embestida profunda comprendí por qué tanto revuelo: esa polla enorme me abría por dentro como si no hubiera mañana, estirando mi agujero hasta quemarme con cada envite que me hacía gemir como una puta barata mientras mis rodillas se hundían en el cojín del sofá. El hijastro no paraba de gruñir como un animal, agarrándome del pelo para que me agachara más y así poder clavársela hasta las pelotas dentro de mi culo palpitante, que ya estaba chorreando lubricante por todos lados mientras él resoplaba con cada embestida tan fuerte que las paredes del apartamento retumbaban. Me corrí sin poderlo evitar la primera vez, mi leche saliendo disparada por el borde del sofá mientras él seguía embistiéndome sin piedad, sacándome chorros de sudor que resbalaban por mi espalda mientras sus huevos golpeaban contra mis piernas cada vez que me llenaba hasta el fondo. Su verga gruesa y palpitante se hinchó dentro de mí hasta que una segunda corrida me dejó temblando, con el culo bien abierto y los muslos temblorosos mientras él se corría a chorros calientes dentro de mi agujero ya completamente usado, dejando mi interior bien marcado con su leche espesa hasta que se retiró con un sonido húmedo y me dejó tirado en el mueble como un trapo mojado.