Profesora bengalí pone cachonda con canción caliente
La profesora bengalí entró al aula con esa blusa transparente que deja ver cómo se le endurecen los pezones cada vez que respira fuerte, y en cuanto empezó a mover las caderas al ritmo de esa canción que suena como un gemido en bengalí, él supo que no iba a poder aguantarse ni un segundo más. Con los ojos brillantes y la boca entreabierta, ella se acercó hasta rozarle el muslo con el culo prieto, que se le marcaba bajo la falda ajustada, mientras le susurraba al oído que esa melodía la ponía más mojada que el río Ganges en temporada de lluvias. Él no necesitó más invitación: le agarró la melena negra y la empujó contra el escritorio, donde ella apoyó las palmas y arqueó la espalda ofreciéndole el coño empapado que ya goteaba por el borde de las bragas de encaje. La polla le latía como un tambor dentro del pantalón al ver cómo la profesora se mordía el labio inferior mientras se bajaba la cremallera para dejarla libre, gruesa y palpitante, lista para hundirse entre sus muslos temblorosos. Con un empujón brusco, la embistió hasta el fondo sin dejar de tararear esa canción que ahora sonaba más como un grito de placer, mientras sus caderas chocaban contra el culo prieto que se le movía como una ola, cada embestida sacándole gemidos ahogados que se le escapaban entre los dientes apretados. Ella respondió enrollándole las piernas alrededor de la cintura y frotando el clítoris hinchado contra su abdomen, hasta que el sudor les resbalaba por la piel y el aula olía a sexo crudo, a perfume barato y a leche derramada. Él le agarró las tetas por encima de la blusa y le apretó los pezones hasta que ella soltó un chillido que resonó en las paredes, mientras sus jugos le resbalaban por los muslos y le empapaban la entrepierna del pantalón. Cuando por fin la corrió dentro con un gruñido animal, ella se corrió al mismo tiempo, temblando como una hoja mientras él le llenaba el coño de leche caliente que le chorreaba por las piernas hasta manchar el suelo de madera. La canción seguía sonando en la radio, pero ahora solo se escuchaban sus respiraciones entrecortadas, los jadeos y el sonido húmedo de sus cuerpos pegajosos al separarse, con las ropas desordenadas y las miradas cargadas de complicidad sucia.