Cenicienta se empotra con el príncipe en el palacio
La pobre Cenicienta llevaba toda la noche limpiando los platos con su culo redondo en pompa mientras el príncipe no podía quitarle los ojos de encima, imaginando cómo le iba a ensuciar ese vestido de ceniza con sus manos llenas de semen. De pronto, mientras ella se agachaba a recoger un tenedor, él se acercó por detrás y le levantó el dobladillo del vestido hasta dejar al descubierto unas nalgas blancas y temblorosas que brillaban bajo la luz de las velas. Sin decir ni una palabra, le metió dos dedos en el coño empapado mientras con la otra mano le agarraba fuerte de la cintura, sintiendo cómo se le humedecía los dedos al instante. Ella soltó un gemido ahogado cuando él le susurró al oído que esa noche no iba a ser ninguna princesa mojigata, sino su puta favorita, y que le iba a follar el coño hasta que le salieran chispas por los ojos. Con un tirón brusco, le arrancó las bragas de encaje y la empujó contra la mesa del banquete, donde los platos tintinearon al caer al suelo mientras él se bajaba los pantalones y le mostraba una polla gruesa y palpitante que ya goteaba de excitación. Cenicienta, con las piernas temblorosas y el coño chorreando, se mordió el labio inferior mientras él le separaba las nalgas con las manos y le escupía en el culo antes de clavársela de un solo empellón que la hizo gritar como una posesa. El príncipe no se anduvo con miramientos: la embestía con fuerza, sintiendo cómo su coño se le aferraba como un puño caliente mientras sus tetas rebotaban contra el mantel de seda. Cada golpe de cadera resonaba en el salón vacío, mezclándose con los gemidos roncos de ella y el sonido húmedo de sus cuerpos chocando sin piedad. Cuando él sintió que el orgasmo le subía por la espalda como un rayo, la agarró del pelo y le ordenó que se corriera con él, y Cenicienta no pudo resistirse: un líquido caliente le resbaló por los muslos mientras su coño se contraía en espasmos alrededor de esa verga monstruosa que la estaba partiendo en dos. El príncipe, con los ojos inyectados en lujuria, le llenó el útero hasta el fondo con un chorro grueso y pegajoso que le hizo soltar un suspiro de alivio mientras se dejaba caer sobre su espalda sudorosa, con la polla aún palpitando dentro de su coño bien follado.