Vecino orina en jeans ajustados mientras ella se corre
Llevaba días con la mirada fija en sus muslos marcados por los jeans, sudorosos bajo el sol del mediodía, mientras él se ajustaba el cinturón con esa sonrisa de no haber dormido en años. El muy cabrón ni se inmutó cuando ella entró en el taller sin avisar, solo se volvió con la polla dura apuntando hacia arriba y el líquido caliente goteando por la tela empapada, haciendo que los vaqueros se pegaran como una segunda piel a su grueso tronco. Ella no pudo evitar gemir al ver cómo la mancha amarillenta se extendía desde la entrepierna hasta media pierna, el olor a orín mezclado con el sudor le erizó la piel mientras se acercaba sin pensarlo, arrastrando los pies descalzos sobre el cemento frío. Él la agarró del pelo con fuerza, haciéndola caer de rodillas frente a ese bulto imposiblemente grande que amenazaba con reventar los botones del pantalón, mientras con la otra mano le bajaba el short hasta las rodillas para dejarla con el coño al aire, chorreando y palpitando de ganas. La primera lamida la hizo arquearse de placer, su lengua áspera y caliente recorriendo de arriba abajo esa raja empapada que ya olía a hembra en celo, mientras él se masturbaba con movimientos lentos, ordeñándose la verga con el precaldo resbalando entre sus dedos gruesos. Ella lo miró con los ojos vidriosos, suplicando con un hilo de voz que la empotrara ya, que le diera esa gruesa verga que tanto había imaginado en sus noches solitarias, y él no necesitó más invitación: la levantó en vilo, le arrancó las bragas de un tirón y la empaló contra la pared del taller, sintiendo cómo su coño se abría como una flor madura para recibir cada embestida brutal. El sonido de los jeans rozando contra el culo de ella era música para sus oídos, el crujido de la tela al rasgarse con cada embestida se mezclaba con los gritos ahogados de ella, que mordía su propio brazo para no delatar lo cerca que estaba del orgasmo que llevaba horas esperando. Cuando por fin él se corrió, disparando chorros espesos por toda su espalda y llenándola hasta ahogarla, ella no pudo contenerse y se vino al mismo tiempo, con su cuerpo temblando como gelatina mientras su coño se contraía alrededor de esa verga que no paraba de bombearle leche caliente hasta dejarla completamente empapada, con los jeans sucios de orín y semen, pegados a su piel como una segunda piel de placer y suciedad.