Profesora le enseña a su alumna a pajearle la polla
La joven estudiante llegó nerviosa a la clase particular de matemáticas pero su profe tenía otros planes en mente. Con solo dieciocho años recién cumplidos, la morena de ojos claros llevaba ese uniforme ajustado que dejaba poco a la imaginación: la falda corta ondeando cada vez que cruzaba las piernas y la blusa ceñida mostrando unos pechos pequeños pero firmes que pedían a gritos ser apretados. Él, un cuarentón con experiencia, notó cómo sus muslos se rozaban al sentarse frente a la mesa, cómo sus dedos jugueteaban con el borde de la hoja de cálculo como si no pudiera concentrarse. 'Tranquila', le susurró mientras le tomaba la mano temblorosa y la guiaba hacia su entrepierna, 'aquí solo se trata de aprender'. La polla ya dura bajo el pantalón de vestir le latía contra sus nudillos mientras ella tragaba saliva, sintiendo el peso grueso y cálido que nunca antes había sostenido. Con movimientos torpes al principio, la chica empezó a acariciar la verga hinchada, sintiendo cómo la piel sedosa se deslizaba bajo sus dedos y cómo el aroma a sexo y colonia barata le llenaba las fosas nasales. Él gemía bajito, empujando las caderas hacia arriba para que cada caricia fuera más profunda, más intensa. 'Más fuerte', le ordenó con voz ronca, y ella obedeció, apretando el puño alrededor del tronco grueso mientras la punta se humedecía con gotas de líquido preseminal. Los jadeos de la alumna se mezclaban con los gruñidos del profe, quien le agarraba la nuca para acercar su boca a la cabeza palpitante. 'Chúpala bien, zorra', le ordenó mientras le empujaba la cara contra el miembro, y ella obedeció, abriendo los labios para recibirlo hasta la garganta mientras sus tetas se aplastaban contra sus muslos. La escena estaba lejos de ser educativa, pero ambos se olvidaron de las ecuaciones cuando ella empezó a mover la cabeza arriba y abajo, sintiendo cómo la verga golpeaba el fondo de su boca cada vez que él embestía con fuerza. Los sonidos húmedos de la boca trabajando la polla se mezclaban con los gemidos ahogados de la chica, cuyo coño se empapaba bajo la falda mientras imaginaba cómo sería sentir esa bestia dentro de ella. Cuando él le agarró el pelo y le ordenó correrse en su mano, ella no pudo resistirse: los muslos le temblaron, el coño le ardió y un chorro caliente de leche espesa le resbaló por la garganta mientras la polla se contraía violentamente. La leche le escupió la comisura de los labios, manchándole el uniforme impecable, y él terminó de eyacularle en la cara con un rugido, dejándola cubierta de semen mientras la chica jadeaba, con los labios hinchados y los ojos vidriosos de placer.