Sandy Queen se dejaba chupar la polla sin parar
Desde el primer día que la vio entrar al bar con ese vestido ajustado que le marcaba cada curva del culo, él supo que esa noche no iba a dormir solo. Sandy, con esa sonrisa pícara y ese par de tetas que rebotaban a cada paso, se sentó justo frente a él y le pasó la lengua por los labios mientras sus dedos le acariciaban el muslo por encima del pantalón. Él no pudo resistirse y le agarró el pelo con fuerza para empujarle la cabeza hacia su entrepierna, donde ya la tenía dura como una piedra y palpitando de ganas. Ella, sin perder tiempo, se la sacó y se la metió entera en la boca, ahogándose un poco al principio pero gemir después cuando él le agarró las tetas con ambas manos y le apretó los pezones duros como piedras. La polla le llegaba hasta la garganta y la saliva le resbalaba por la barbilla mientras escuchaba los gruñidos de él al sentir cómo lo chupaba con saña, moviendo la lengua en círculos alrededor del glande y luego bajando hasta los huevos que le lamía con lametones húmedos y lentos. Él no aguantó más y la levantó de un tirón, la sentó sobre la barra del bar y le arrancó el tanga de un tirón, dejando al descubierto ese coño empapado que ya goteaba de lo excitada que estaba. Le abrió las piernas de un empujón y se la clavó hasta el fondo sin avisar, haciéndola gritar de placer mientras sus caderas golpeaban contra su culo con fuerza, empotrándola contra la madera y haciendo que los vasos temblaran con cada embestida. Ella, con los ojos vidriosos y la boca entreabierta, no paraba de gemir y suplicar que no se detuviera, mientras sus uñas se clavaban en la espalda de él y le dejaban marcas rojas. La polla le llegaba tan adentro que cada vez que se retiraba, le quedaba colgando un hilillo de sus jugos antes de volver a enterrársela hasta las pelotas, sintiendo cómo su coño se contraía y se apretaba alrededor de su miembro como si no quisiera soltarla. Cuando él notó que se le ponían los huevos tensos y que el sudor le corría por la frente, aceleró el ritmo y la embistió con más fiereza, haciendo que su culo rebotara contra la barra con cada golpe. Ella se corrió primero, gritando su nombre y mordiéndole el hombro para no ahogar los gemidos, mientras su coño se contraía en espasmos y le empapaba la polla con un chorro caliente que le resbaló por los muslos. Él no aguantó más y se corrió dentro de ella, llenándola de leche espesa mientras le clavaba las uñas en las caderas y le dejaba los muslos temblorosos de placer. Cuando por fin se separaron, ella se limpió los restos de corrida de la boca con el dorso de la mano y le sonrió con picardía, sabiendo que esa noche solo había sido el principio.