La kunoichi cachonda se empotra en el bosque
Después de semanas de mirarle el culo apretado cada vez que pasaba por el dojo, la kunoichi ya no pudo aguantarse más y lo arrastró hasta el bosque para darle lo que llevaba tiempo deseando. Con la polla dura como una roca bajo el kimono ajustado, él no tuvo más remedio que seguirla entre los árboles hasta un claro oculto donde el aire olía a tierra mojada y sudor femenino. Ella se quitó el cinturón de la túnica en un segundo, dejando al descubierto un coño tan mojado que brillaba bajo la luna llena, y se agachó de espaldas, levantando ese culo prieto y redondo que lo volvía loco. Él no necesitó más invitación: se lanzó sobre ella como un animal, hundiendo la verga hasta el fondo en ese agujero estrecho que lo apretaba como un puño, mientras ella gritaba de placer y se clavaba más contra él. Las embestidas eran brutales, cada golpe de cadera le hacía rebotar las tetas grandes que se balanceaban sin control, y el sonido de sus pieles chocando resonaba en el bosque junto a los gemidos ahogados que salían de su garganta. Ella pedía más a gritos, con las uñas clavadas en el musgo y las piernas temblorosas, mientras él le agarraba las caderas y la empotraba con salvajismo, sintiendo cómo su coño se contraía cada vez que llegaba al fondo. Los dos sudaban a chorros, mezclando sus fluidos con la tierra mientras la polla le llenaba el culo hasta el tope, pero cuando ella sintió que él estaba a punto de correrse, se dio la vuelta con un movimiento felino y se lo metió en la boca, chupando con desesperación hasta que la leche caliente le llenó la garganta y ella tragó cada gota sin dejar escapar ni una. Después, exhaustos y cubiertos de barro, se quedaron tirados en el suelo, ella con las piernas abiertas y él con la polla aún palpitando, sabiendo que esa no sería la última vez que se vieran en el bosque.