Riley Daniels se masturba con su chochito rosado en primer plano
El sonido de sus dedos deslizándose sobre su coño húmedo era como música para mis oídos, y el olor a excitación me ponía la polla dura al instante. Cuando Riley Daniels se recostó en la cama, con su chaqueta rosa ajustada y sus tetitas pequeñas rebotando, supe que esa perra retadora quería ver hasta dónde podía llevarme. 'A ver si aguantas, cabrón', me desafió mientras se mordía el labio, y yo ya imaginaba cómo le iba a meter los dedos hasta hacerla gemir. Sus ojos avellana brillaban de lujuria, y su culo firme se movía al ritmo de sus caricias, mientras su piel tatuada brillaba con el sudor. Le clavé los dedos hasta que su coño apretado empezó a temblar, y ella arqueó la espalda como una gata en celo, los pezones perforados duros como piedras. 'No te corras tan pronto, putita', le espeté, porque sabía que le encantaba que le hable sucio. Sus muslos temblaron cuando las uñas se clavaron en su piel, y su aliento se volvió un jadeo entrecortado. 'Dame más', gimió, y yo no podía resistirme, así que le metí los dedos más fuerte, hasta que su coño apretado me apretó como un torniquete. 'Eres mía, perra', le dije, y ella solo pudo gemir en respuesta, con la cara roja y el cuerpo temblando de placer. 'Sí, cabrón, sí... así es como me gusta', susurró, y yo supe que había ganado la apuesta.