Varvara se masturba con su polla tatuada y gruesa
Varvara llevaba días provocándolo todo, desde los shorts ajustados que marcaban su culo perfecto hasta los mensajes con fotos de su torso sudado. Cada roce en el gimnasio era calculado, cada mirada un desafío. Hoy, encerrado en su habitación, no aguantó más. Se quitó la ropa de golpe, dejando al descubierto su cuerpo musculoso y la polla tatuada que ya estaba dura como el acero. Se echó aceite en las manos y empezó a masturbarse con movimientos lentos, disfrutando cada centímetro de su verga gruesa. Los gemidos salían ahogados entre sus dientes apretados, el sonido húmedo de su mano deslizándose sobre el tronco hinchado llenaba el cuarto. Se inclinó hacia atrás, arqueando la espalda para que la punta de su polla rozara su propio abdomen, sintiendo el calor que desprendía. Con la otra mano, agarró sus bolas pesadas y las apretó, aumentando la presión hasta que un escalofrío le recorrió la columna. Las venas de su verga se marcaban más con cada embestida, el ritmo se volvió frenético, las caderas empujaban hacia arriba como si buscara algo que no estaba allí. Los músculos de sus piernas se tensaban, los dedos de los pies se curvaban, y entonces, con un gruñido gutural, Varvara se corrió en chorros gruesos sobre su abdomen, el semen caliente resbalando por su piel sudada. La escena duró más de 20 minutos, pero el clímax llegó de golpe, sin aviso, dejándolo temblando.