Naeem la hace gritar con sus dedos mágicos
El cuarto estaba medio oscuro, con solo la luz tenue de la lámpara de noche filtrándose entre las cortinas, iluminando su piel morena mientras ella se retorcía bajo tus manos. Llevabas días observando esos gestos suyos, ese modo en que se mordía el labio cuando creías que no te veía, esa tensión insoportable que se acumulaba entre ustedes cada vez que se rozaban "accidentalmente" en la cocina. Y ahora, por fin, la tenías ahí, con el coño chorreando y las piernas abiertas para ti, sin decir nada, solo gimiendo suavecito cuando tus dedos empezaron a trazar círculos alrededor de su clítoris hinchado. La sentías temblar, la respiración agitada, los muslos apretándose alrededor de tu mano mientras te hundías más, sintiendo cómo sus paredes vibraban al ritmo de tus movimientos. La mirabas a los ojos, y en ese instante, algo se quebró dentro de ella: arqueó la espalda, los dedos se clavaron en las sábanas, y de pronto un chorro caliente le salpicó el brazo. No podías creer lo mojada que estaba, cómo se le escapaban esos gritos ahogados cada vez que le metías otro dedo, hasta que toda su pelvis empezó a contraerse sin control. La veías perderse en el placer, la boca abierta, los pezones duros como piedras, y solo entonces te diste cuenta de que la mancha de su jugo se había extendido por toda la cama, mezclándose con tu sudor. Cuando por fin sacaste los dedos, relucientes, ella todavía jadeaba, con los muslos temblando y una sonrisa perezosa en los labios. En la mesita de noche, tu reloj estaba volteado, como si el tiempo mismo se hubiera detenido justo en ese instante.