Midori, la esposa prohibida que no podía parar de gemir
Midori siempre decía que no se tocaba, que era una esposa decente, pero cuando la vi mojada y temblando, supe que mentía. Empezó con un lamido suave en mi polla, sus labios rosados chupando con esa inocencia falsa que me volvía loco. Sabía que esto estaba mal, que tenía tres hijos y un marido, pero su coño apretado me llamaba como un pecado irresistible. La puse de rodillas primero, obligándola a tragar hasta que sus mejillas se hundieron, y ella gemía como una puta en secreto. Después la tiré en el sofá, abriendo sus piernas pálidas para ver cómo su coño brillaba de deseo. La empotré de una estocada, sintiendo cómo su carne cedía hasta que sus muslos temblaban contra los míos. Midori gritaba mi nombre, pero yo solo pensaba en correrme dentro, en llenarla hasta que su vientre se hinchara. Sus uñas se clavaban en mi espalda mientras yo la embestía sin piedad, sintiendo cómo su coño se cerraba alrededor de mi polla como un puño caliente. Sabía que esto estaba mal, pero no podía parar, no cuando ella gemía así, no cuando su cuerpo me pedía más. La última embestida fue brutal, hundiéndome hasta que sus caderas chocaron contra las mías, y entonces sentí cómo su coño se contraía alrededor de mi polla mientras me corría dentro, llenándola hasta que su vientre se tensó. Midori gritó, su cuerpo convulsionando bajo el mío, y yo solo podía pensar en lo prohibido que era esto, en lo bien que se sentía romper todas las reglas.