Chiquita asiática se porta bien como putita sumisa
La japonesa de piel suave y tetas pequeñas llegó a la casa con esos labios rosaditos siempre entreabiertos, como si ya supiera que hoy no iba a salir de aquí sin que le dieran una buena tunda. Él la esperaba con la mano en la hebilla del cinturón, mirándola con esa sonrisa de lobo que le erizaba la piel a la pobrecita. En cuanto ella pisó el umbral, la agarró del pelo y le soltó un cachetazo en el culo que hizo temblar hasta sus muslitos flaquitos. La morenita soltó un gritito agudo, pero en vez de huir se le escapó un gemido de lo más mojadito, porque le encantaba que le hicieran sentir como un juguete sucio. Él no perdió tiempo y le bajó los jeans ajustados hasta los tobillos, dejando al descubierto unas nalgas blancas y redonditas que ya se veían rojas por los azotes. La empujó contra la pared de la sala y le metió dos dedos bien húmedos en el coño apretado, sacándolos llenos de jugos mientras ella se retorcía y le suplicaba que no parara. La polla le ardía dentro del pantalón, dura como una piedra, así que se la sacó de un tirón y se la clavó hasta el fondo en esa rajita estrecha que gimoteaba como una perra en celo. Cada embestida le hacía botar los pechos pequeños contra la pared y le dejaba marcas rojas en las nalgas con cada nalgada que le daba para marcarla. Ella le rogaba que la tratara peor, que le hiciera daño, y él no se hizo de rogar: le metió la verga hasta la garganta y le azotó el coño cada vez que se la sacaba, empapando el sofá de sus jugos mientras los dos acababan sudados, jadeantes y con la respiración hecha polvo. La pobre asiática se corrió tan fuerte que hasta le saltaron lágrimas, pero él no tenía suficiente y siguió dándole hasta que la dejó hecha un trapo, con la cara pegada al suelo y el coño palpitante lleno de leche caliente.