Profesora asiática coge a su alumno en clase a escondidas
Llevaba meses con esa mirada de fuego cada vez que él se agachaba a recoger un lápiz, rozándole sin querer el muslo cuando pasaba entre los pupitres. Hoy la profesora japonesa no pudo resistirse más: cerró la puerta con llave, le levantó la falda del uniforme y le susurró al oído lo que llevaba años imaginando. Él, con el corazón a mil por hora, le bajó las bragas de encaje negro y le lamió el coño empapado hasta que ella soltó un gemido ahogado, tapándose la boca con la mano temblorosa. Entre jadeos, la mujer le agarró la polla dura como una roca y se la metió hasta el fondo, empalándose con un gritito de placer mientras sus caderas chocaban contra el escritorio de madera. Ella, con las tetas rebotando bajo la blusa ajustada, le exigió que la follara más fuerte, que le llenara el coño de leche caliente sin protección. Él, sin dudarlo, la agarró de las caderas y la embistió con fuerza bruta, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de su verga cada vez que llegaba al fondo. Los gemidos se mezclaban con el crujido de la silla bajo sus cuerpos, el sonido húmedo de sus carnes chocando y el aroma a sudor y perfume barato que inundaba el aula. Cuando él sintió que no podía aguantar más, la giró contra la pizarra, le subió el culo redondo y se lo metió por detrás sin piedad, sintiendo cómo su coño se abría para recibir cada embestida brutal. Ella, con los pechos aplastados contra el pizarrón y el culo en pompa, le rogó que no se detuviera, que la llenara toda, que le hiciera sentir cada centímetro de su polla gruesa dentro. Y justo cuando él estaba a punto de correrse dentro de ella, la puerta del aula crujió levemente… pero ya era demasiado tarde: la leche espesa brotó a borbotones, inundando su coño estrecho y dejándola temblando, con las piernas flaqueantes y los muslos pegajosos. Se quedaron así, jadeantes, uno contra el otro, mientras el semen se escurría por sus muslos, mezclándose con el olor a sexo y tiza que impregnaba el lugar.