La profesora asiática folla duro con su alumno en clase
Desde el primer día que la profesora japonesa entró con ese vestido ajustado mostrando sus piernas largas y ese culo respingón que no pasaba desapercibido, él supo que la clase de matemáticas sería mucho más interesante. Ella lo miraba con esos ojos rasgados y una sonrisa de superioridad mientras dibujaba logaritmos en el pizarrón, pero en su mente ya imaginaba cómo se le clavaría su verga dura entre esas nalgas prietas que se le marcaban al agacharse. Cuando el muchacho se acercó para preguntarle una duda, ella aprovechó para pasarle la lengua por el cuello y susurrarle al oído que si quería aprender bien las ecuaciones, tendría que demostrarle su dedicación... de la manera más deliciosa posible. Con un empujón contra la pizarra, la profesora le bajó el pantalón en dos segundos y se arrodilló para chupársela con desesperación, degustando cada centímetro de esa polla gruesa que le llenaba la boca hasta la garganta. Él gemía sin control mientras ella le agarraba los huevos con fuerza, haciéndole saber que esta lección no era para cualquier novato. Sin perder tiempo, la japonesa se subió al escritorio, se quitó el tanga y se inclinó hacia adelante con el culo en pompa, ofreciéndole ese coño tan mojado que ya goteaba por los muslos. Él no necesitó más invitación: la embistió de un solo golpe hasta que ella gritó pidiendo más, sintiendo cómo su verga se hundía en ese canal estrecho que lo apretaba como un puño caliente. Las primeras estocadas fueron lentas, profundas, hasta que ella le ordenó que la empotrara sin piedad, exigiendo que le marcara ese culo blanco con cada embestida que le hacía temblar las piernas. Los ruidos húmedos de carne contra carne resonaban en el aula vacía mientras los gemidos de ella se mezclaban con los gruñidos de él, que le agarraba las tetas firmes con ambas manos. Cuando sintió que su corrida estaba a punto de explotar, la profesora le ordenó que se corriera dentro de ella sin condón, gritando que quería sentir cada gota de leche caliente inundando su vientre. El alumno no pudo resistirse: con un último empujón brutal, se enterró hasta las pelotas y soltó un chorro tras otro mientras ella se contraía alrededor de su verga, ordeñándola hasta dejarla seca. Cuando terminaron, ella se limpió con un pañuelo y le guiñó un ojo antes de ordenarle que guardara silencio, porque la próxima lección de matemáticas sería aún más... práctica.