Subaru se empotra a Mirajane hasta dejarla sin aire
Desde que la vio por primera vez en el bar de aventureros, a Subaru no le quitaba los ojos de encima a esa morena de curvas explosivas que se mordía el labio mientras sorbía su cerveza. Esa noche, borracha de pasión y con el vestido negro pegado a su piel sudorosa, Mirajane lo arrastró hasta el callejón trasero donde solo se escuchaban gemidos ahogados y el crujir de la ropa arrancada. Él, con la polla dura como una roca y sin poder resistirse, la empotró contra la pared de ladrillo mientras le lamía el cuello empapado en perfume barato. Mirajane jadeó cuando la mano masculina le arrancó las bragas de encaje y le clavó los dedos en las caderas, marcando el ritmo de las embestidas salvajes que le partían el coño en dos. Cada vez que su culo redondo chocaba contra ella, los pechos de Mirajane rebotaban al compás y los gritos se le escapaban entre los dientes apretados, mezclados con maldiciones en japonés que solo hacían más caliente la escena. Subaru, sudando como un animal en celo, le agarró el pelo negro y le obligó a arquear la espalda para hundirse hasta la raíz, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de su verga al borde del orgasmo. Mirajane, con las piernas temblorosas y los muslos cubiertos de flujo espeso, le suplicó que no parara mientras él, jadeando como un perro, le clavaba las uñas en las nalgas para hundirse aún más hondo. El sonido húmedo de los cuerpos chocando resonaba en el callejón, mezclado con los gemidos agudos de ella y los gruñidos guturales de él, que no podía aguantar más la presión. Cuando por fin se corrió, eyaculó dentro de ella con un rugido ahogado, llenándole el útero de leche caliente mientras Mirajane se dejaba caer contra la pared, exhausta pero con los ojos brillantes de satisfacción y las piernas aún temblorosas por el placer. La ropa tirada en el suelo y el olor a sexo y cerveza rancia quedaban como testigos de la follada más intensa que ninguno de los dos olvidaría en años.