Mujer cachonda se excita con mirada lasciva en anime
La mirada de él la atravesó como un cuchillo caliente mientras le lamía los labios con descaro, mordiéndose el labio inferior con los dientes blancos que brillaban bajo la luz del atardecer. No hubo necesidad de palabras, solo el jadeo ahogado que se le escapó cuando él le agarró el culo apretado bajo la falda corta y la atrajo contra su cuerpo duro, sintiendo cómo la polla le rozaba el vientre tenso. Las manos de ella volaron hacia su entrepierna, desabrochándole el pantalón con dedos temblorosos mientras gemía entrecortada, imaginando ya cómo ese trozo de carne gruesa le abriría el coño empapado de lujuria. Él no perdió tiempo, la levantó en volandas y la empotró contra la pared del pasillo estrecho, donde el aire olía a sudor y a perfume barato, mientras sus tetas se aplastaban contra su pecho musculoso. Las faldas volaron por los aires y el tanga rosa se convirtió en jirones al rasgarse con un tirón brutal, dejando al descubierto unos labios hinchados y brillantes que pedían a gritos ser devorados. Ella no pudo evitar gritar cuando él le metió dos dedos dentro sin piedad, curvándolos contra su punto G mientras le susurraba al oído obscenidades que le hicieron estremecer el coño, que ya goteaba sin control. La polla, gruesa y venosa, se clavó hasta el fondo de un solo embiste, arrancándole un chillido agudo que resonó en las paredes desnudas, y el sonido húmedo de cada embestida se mezcló con los gemidos roncos que salían de su garganta. Él la follaba como un animal, sin ritmo, solo con la necesidad primitiva de marcarla, de dejarla con el coño abierto y tembloroso, mientras sus caderas chocaban contra su culo redondo con un sonido de bofetada que retumbaba en el silencio del apartamento. El clímax llegó como un rayo, intenso y demoledor, cuando él le agarró el pelo y le ordenó que se corriera sobre su verga, sintiendo cómo el coño se contraía en espasmos violentos mientras el semen caliente le inundaba las entrañas, dejando manchas blancas en el muslo interno que resbalaban hasta el suelo. Cuando la soltó, ella quedó apoyada contra la pared, con las piernas flojas y el aliento entrecortado, mientras él se limpiaba los restos de corrida de la polla con el dobladillo de su camisa, dejando una mancha húmeda que olía a sexo crudo y a deseo satisfecho.