La confesión de uraraka se volvió un sexo caliente y salvaje
Uraraka no podía creer que sus palabras terminaran así, con los labios pegados a los de él mientras sus lenguas se enredaban como si llevaran años sin probarse. Sus manos, temblorosas al principio, se deslizaron bajo la camisa ajena hasta sentir la piel ardiente de su pecho musculoso, los pezones duros bajo sus dedos ansiosos. Él le mordisqueó el labio inferior mientras le arrancaba la blusa con un tirón brusco, dejando al descubierto unos pechos pequeños pero firmes que se balanceaban con cada respiración agitada. Sin pensarlo dos veces, ella se dejó caer de rodillas sobre el suelo frío del estudio, con los ojos brillantes de lujuria mientras desabrochaba el cinturón de él con dedos torpes pero decididos, sacando esa polla gruesa y palpitante que ya goteaba pre-semen. El primer lametón fue lento, desde la base hasta la punta, saboreando la salinidad que brotaba como un manjar prohibido, mientras él gemía y enredaba los dedos en su pelo negro, empujando su cabeza hacia abajo para que se la tragara entera. Ella no opuso resistencia, al contrario, abrió la garganta como una puta hambrienta, sintiendo cómo la verga chocaba contra su úvula cada vez que él embestía con fuerza, haciendo que sus ojos lagrimearan mientras el aire le faltaba. Entre jadeos y bufidos, él la levantó de un tirón, la giró contra el escritorio y le arrancó el short deportivo, dejando al aire ese coño depilado y brillante que ya chorreaba de excitación. Sin preliminares, la penetró de una sola estocada, empalándola contra la madera mientras sus caderas golpeaban contra su culo con un sonido húmedo y obsceno, cada embestida haciendo que ella gritara como una perra en celo, con los pezones rozando la superficie del mueble y las uñas clavadas en el borde. Los gemidos se mezclaban con el sonido de sus cuerpos chocando, el sudor resbalando por la espalda de él mientras sus bolas golpeaban contra su clítoris hinchado, provocando espasmos que le recorrieron todo el cuerpo. Cuando sintió que el orgasmo estaba a punto de estallar, él la sacó de golpe, le agarró la cabeza y se corrió sobre su rostro, cubriéndole los labios, la nariz y hasta las cejas con ese líquido espeso y caliente que ella lamió con avidez, sin perder ni una gota, mientras él seguía masturbándose hasta vaciarse por completo sobre su lengua. La escena terminó con ella tirada en el suelo, jadeando, con los muslos pegajosos y la boca llena del sabor de su corrida, mientras él se abrochaba el pantalón con una sonrisa triunfal, sabiendo que esa confesión había sido solo el pretexto perfecto para follársela como a una zorra en celo.