Marinera caliente se empala en tubería oxidada
Llevaba meses imaginando cómo sería sentir ese metal herrumbroso entre sus muslos, pero cuando la polla del grumete le rozó el coño mojado por primera vez, supo que la realidad superaba cualquier fantasía. La chica, con su uniforme de marinera ajustado y las medias rotas en los talones, no pudo resistirse al impulso de bajarse de un salto sobre aquel trozo de tubería oxidada que sobresalía de la pared del muelle. El primer contacto fue un dolor agudo que le hizo gritar, pero el ardor se mezcló con un placer sucio al notar cómo el borde afilado le abría el coño como si fuera un cuchillo caliente abriendo mantequilla. El grumete, más excitado que nunca, no perdió tiempo y le arrancó el tanga de un tirón mientras ella seguía cabalgando sobre la tubería, dejando que la sangre y los jugos resbalaran por sus piernas. Con las tetas apretadas contra la pared sucia del almacén, la marinera gimió al sentir cómo el metal se clavaba más hondo en su culo, abriéndole el esfínter sin piedad mientras el chico le agarraba las caderas con fuerza para empotrarla sin compasión. Los gemidos de ella se mezclaban con el sonido húmedo de la carne golpeando contra la tubería, cada embestida más profunda que la anterior, hasta que la polla del grumete quedó completamente enterrada en su interior, estirando su coño hasta el límite. Los gritos de la marinera resonaban en el muelle vacío mientras el metal le arañaba la carne viva, pero ella no quería que parara, quería que la destrozara, que la dejara hecha un guiñapo entre sus brazos. El semen caliente le brotó por dentro al correrse, empapando la tubería oxidada mientras su coño seguía goteando sobre el metal frío, dejando un rastro de fluidos mezclados con sangre que brillaba bajo la luz de la luna. Cuando por fin la sacó, la marinera se desplomó contra la pared, con las piernas temblorosas y el coño completamente abierto, mostrando cómo el metal le había dejado las paredes interiores hinchadas y enrojecidas. El grumete, con la polla aún dura y brillante de sus jugos, se limpió los restos de semen en su propia camiseta antes de volver a embestirla, esta vez sin piedad, hasta que ella no pudo más que soltar un último gemido ahogado antes de que todo su cuerpo se convulsionara en un orgasmo brutal que la dejó sin aliento.