Succubus se empotra duro y la enamora
La succubus llegó con ese aire de tentación que solo las demonias saben llevar, con los labios pintados de rojo sangre y los ojos brillando como brasas bajo la luz de la luna. Él ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar cuando ella lo agarró de la polla aún semierecta y se la metió hasta la garganta sin avisar, chupando con una fuerza que le hizo gemir como un cerdo en celo. La succubus no se conformó con eso y se quitó el vestido negro ceñido, dejando al descubierto unos pechos duros como rocas y un coño rasurado que ya goteaba de lo caliente que estaba. Él no pudo resistirse y la empujó contra la pared, empotrándola con una embestida que le hizo aullar como una loba en celo mientras sus tetas rebotaban con cada golpe de cadera. Ella le arañó la espalda con las uñas, le mordió el cuello y le susurró al oído que su leche sabía a gloria, que quería sentirlo correrse dentro de su coño hambriento. La succubus se puso a cuatro patas, levantando ese culo perfecto y redondo, y le exigió que la follara como si no hubiera mañana, con las piernas temblorosas de anticipación. Él no pudo aguantar más y la penetró por detrás con un empujón brutal, sintiendo cómo su verga se hundía en esa carne caliente y resbaladiza que lo tragaba sin piedad. Los gemidos de ella se mezclaban con los gruñidos de él, el sonido de la carne chocando contra carne resonaba en la habitación como un tambor de guerra. La succubus se corrió primero, con espasmos violentos que le arrancaron un chorro grueso de leche por la verga, empapando las sábanas hasta el colchón, pero él no se detuvo ahí. Apretó los dientes, agarró sus caderas con fuerza de hierro y le entró hasta el fondo una y otra vez, hasta que sintió que su propio orgasmo le quemaba las entrañas como lava. Cuando por fin se corrió dentro de ella, fue tan intenso que ambos cayeron al suelo jadeando, con los cuerpos pegajosos de sudor y los suspiros ahogados en el aire cargado de sexo.