Profesora árabe de culo gordo enseña al alumno
La morena de tetas enormes y culo redondo llegó con su falda ajustada y esos labios carnosos mordiéndose mientras le explicaba la lección de matemáticas con voz de miel envenenada. El pobre chaval no podía concentrarse porque cada vez que se agachaba para escribir en el pizarrón, sus nalgas prietas temblaban como gelatina y le dejaban ver el tanga negro que se le clavaba entre los cachetes. Ella lo notó al instante, le lanzó una mirada de esas que queman y le dijo con voz ronca: 'A ver, niño, ven aquí que te voy a corregir personalmente'. El cabrón se acercó sin pensar, con la polla ya dura como una roca, y cuando la profesora le agarró la entrepierna para 'ajustarle el lápiz', sus dedos expertos le arrancaron un gemido que resonó por toda el aula. Ella no perdió tiempo, se subió la falda hasta la cintura dejando al descubierto un coño peludo y bien depilado que ya estaba chorreando, y se puso a cuatro patas sobre el escritorio con ese culo gordo y tembloroso apuntando directamente a la cara del pobrecito. 'Ahora sí que vas a aprender de verdad', susurró mientras se agarraba las nalgas y se las separaba para ofrecerle la entrada de su agujero bien mojado. El chaval no se lo pensó dos veces, se bajó el pantalón de golpe y sacó una verga gruesa y venosa que le temblaba en la mano, lista para clavársela hasta el fondo. La primera embestida hizo que el escritorio crujiera y ella soltó un grito que casi se oye en el pasillo, pero a él no le importó, agarró sus caderas con fuerza y empezó a empotrarla como un animal, haciendo que sus tetas gigantescitas rebotaran con cada impacto mientras el culo le vibraba como un flan. '¡Más fuerte, cabrón!', le ordenó ella entre jadeos, clavándole las uñas en la espalda, y él obedeció sin piedad, hundiéndose en su coño empapado hasta que los huevos le golpeaban el clítoris cada vez. Los gemidos se volvieron incontrolables, los cuerpos sudorosos se enredaron en un baile de carne y lujuria, y cuando ella sintió que la leche le subía por el vientre como lava hirviendo, se corrió gritando su nombre mientras sus paredes se contraían alrededor de esa polla que la reventaba por dentro. Él no aguantó más, le agarró la melena negra y le clavó hasta la garganta con un rugido ronco, descargando una leche espesa y caliente que le llenó el coño hasta rebosar, haciendo que un río blanco le resbalara por los muslos mientras ambos caían jadeantes sobre el escritorio, con las carnes pegajosas y el aire lleno de olor a sexo y sudor.