Chun-Li recibe una polla enorme en la cocina
Desde que el nuevo aprendiz llegó a entrenar, la sensual Chun-Li no podía quitarle los ojos de encima al verlo mover esos músculos bajo el delantal ajustado. Él, con esa sonrisa pícara, aprovechó cada oportunidad para rozarse contra ella en la cocina, dejando que su aroma a sudor limpio y jabón de coco la volviera loca. Hoy, mientras preparaban un plato exótico, sus manos se encontraron sin querer... pero ella no apartó la suya. Con un gemido ahogado, la morena de piernas largas lo empujó contra la encimera, sintiendo cómo su verga dura se le clavaba en el muslo bajo el fino vestido de seda. Él, sin perder tiempo, le arrancó las bragas con un tirón seco y la levantó sobre la mesa, donde los platos de porcelana tintinearon al chocarse contra el suelo. Chun-Li, con el coño ya empapado, abrió las piernas de par en par y le ordenó con voz ronca que la empotrara bien fuerte, porque llevaba días imaginando esa polla gruesa hurgando entre sus pliegues. Él no necesitó más invitación: con un gruñido animal, la agarró de las caderas y la embistió hasta el fondo, haciendo que sus tetas gigantes rebotaran al ritmo de cada empujón brutal. Ella gritó como una puta en celo, arañándole la espalda mientras el líquido baboso le resbalaba por los muslos. Cada vez que él se hundía hasta la empuñadura, su clítoris rozaba contra su vello púbico, volviéndola más loca, y cuando por fin sintió esa verga palpitante llenándola hasta lo imposible, se corrió con espasmos violentos que le sacudieron el cuerpo entero. Él, lejos de detenerse, la siguió follando con saña hasta que sus jugos le chorrearon por las pelotas, empapando el mantel de lino. Cuando por fin se dejó caer sobre su pecho, jadeante y con la cara roja de placer, él le susurró al oído que esa era solo la primera de muchas rondas... porque una vez que probó ese coño prieto y caliente, sabía que se había vuelto adicto para siempre.