Atleta japonesa cargada de deudas se entrega a Kenta
Kenta no podía quitarle los ojos de encima a Yuuki Hiiragi desde que la vio entrar al cuarto con ese traje ajustado que marcaba cada curva de su cuerpo. La tela se pegaba a su culo redondo, a sus tetas naturales que rebotaban con cada paso, y él ya no aguantaba más. Ella lo sabía, claro, y por eso se movía así, rozando su brazo al pasar, mandándole fotos de su coño mojado cuando creía que no miraba. Diez minutos de provocación deliberada hasta que Kenta la empujó contra la cama, arrancándole el sostén de un tirón. Sus tetas saltaron libres, los pezones duros como piedras, y él no perdió tiempo: se hundió entre sus piernas, chupando su clítoris hinchado mientras ella gemía como una perra en celo. Sus muslos temblaban, su coño chorreaba, y cuando él metió los dedos, ella arqueó la espalda, gritando su nombre. Pero Kenta quería más, así que la puso de rodillas, empotrándola contra el colchón mientras su polla entraba hasta las pelotas. Cada embestida hacía que su culo rebotara, los golpes secos resonando en la habitación. Yuuki gritaba, suplicaba, pero él no paraba, follándola como si fuera la última vez. Cuando por fin se corrió, fue con un chorro caliente que le llenó el coño, y ella quedó temblando, el cuerpo cubierto de sudor, los labios hinchados de tanto morderlos. Kenta se dejó caer a su lado, pero fue ella quien sonrió, satisfecha de haberlo llevado al límite.