Lola de Nancy, 22 años, se deja empotrar sin piedad
La morena de Nancy no pierde el tiempo y abre las piernas de par en par en cuanto ve esa polla gruesa y palpitante que le asoma por el pantalón ajustado. Con las tetas pequeñas pero firmes rebotando al ritmo de sus jadeos, se muerde el labio inferior y susurra un 'hazme daño, cabrón' que le enciende la sangre al instante. Él no necesita más excusas: la agarra del pelo y la arrastra hasta el sofá, donde la pone a cuatro patas con ese culo prieto que le pide a gritos que la reviente. Cuando la punta de su verga le roza el coño mojadísimo, Lola suelta un gemido ronco y se empuja hacia atrás, clamando por más con cada embestida que le hace temblar desde los talones hasta las raíces del pelo. Las paredes del apartamento retumban con los golpes húmedos de carne contra carne mientras él le clava los dedos en las caderas hasta dejarle marcas rojas, y ella no para de repetir 'más fuerte, más fuerte' con la voz quebrada por el placer. La humedad resbala por sus muslos, mezclándose con el sudor que le empapa la piel, y cada vez que él le da un tirón del pelo para arquearle la espalda, los pezones se le ponen duros como piedras bajo la camiseta que ya tiene los bordes empapados en leche espesa. Cuando siente que el orgasmo le sube por la espalda como un rayo, Lola se corre gritando con la boca medio abierta, los ojos en blanco y las uñas clavadas en el sofá mientras él le dispara su leche caliente hasta el fondo, dejándola temblorosa y con las piernas convertidas en gelatina. Después, los dos se quedan tirados en el suelo, jadeando como perros en celo, con el aire cargado de olor a sexo y la piel pegajosa por tanto sudor y tanto líquido caliente.