La sumisa se venga lamiendo cada gota de semen
Esa tarde en el cuarto oscuro, ella se arrodilló frente a él con los ojos llenos de rabia y los labios entreabiertos. Las paredes aún olían a sexo de la noche anterior, cuando otro hombre la había dejado empapada y satisfecha. Ahora, con las manos atadas a la espalda, se inclinó para chupar la polla flácida que colgaba entre las piernas de su amante, pero no por placer, sino por venganza. Cada lamida era un castigo, cada trago de semen un recordatorio de que ella mandaba ahora. Él gruñó cuando sintió la lengua caliente recorrer su verga, pero no se movió. Sabía que esto era solo el principio. Ella tragó el primer chorro con furia, sintiendo cómo el líquido espeso le quemaba la garganta, pero no se detuvo. Con los ojos cerrados, imaginó a su ex novio viéndola, impotente, mientras se tragaba hasta la última gota. Las manos de él se enredaron en su pelo, pero ella no cedió. Cuando terminó, se limpió la boca con el dorso de la mano y sonrió con malicia. "La próxima vez", susurró, "seré yo quien te haga arrodillarte."